El freelance que trabaja en casa

Cuando decides hacerte freelance, hay muchas cosas que valorar, y una de ellas es el espacio de trabajo. Al principio, cualquier gasto prescindible debe desaparecer de tu lista de gastos mensuales, así que lo habitual suele ser tomar la decisión de trabajar en casa.

Te adaptas tu zona de trabajo, tu mesa con tu ordenador, tu silla, tu botella de agua para no tener que levantarte cada cinco minutos a por un vaso, tu música para sentirte acompañado, tu teléfono… Y tú. Te propones cumplir unos horarios, te han dicho que es primordial para aprender a separar la vida privada de la vida laboral, así que el primer día te levantas a las 7:30h. cual trabajador que a diario se desplaza a la oficina. Pero no tardas ni diez minutos en darte cuenta de que antes de las 8:00h. ¡ya estás trabajando!

– “Pero si en condiciones normales aún estaría saliendo de la ducha”, piensas.

Sí, amigo. Así es. Cuando trabajas en casa pasas de la ducha (“total, si voy a estar aquí yo solo”). El desayuno es rápido y corto, no necesitas hacer tiempo para retrasar el momento atasco. La ropa es fácil de elegir, tienes dos opciones: quedarte en pijama, o ponerte el chándal (rápido, cómodo y suficiente para uno mismo).

A eso de las 11:00 – 11:30h. tu cabeza está que no puede más. Llevas más de tres horas súper concentrado, sin hablar con nadie, sin levantarte de tu sitio, y decides tomarte un cafelito. Vas a la cocina, con la excusa de salir un poco de la zona de trabajo, pensando que te vas a sentir como en el bar con tus compañeros, pero no es así. El café de cocina sin gente, no es lo mismo que el café de bar con gente. Estará más rico, vale, pero no es lo mismo.

Un minuto y listo, de vuelta al curro.

Al rato se hace la hora de comer, en la que te encuentras algo similar al desayuno o al café de media mañana. Silencio y soledad. En casa y a gusto, sí, pero solo.

Y así pasan las horas, callado, trabajando, concentrado, con pequeñas pausas que no llegan a cinco minutos, sin salir a penas de casa porque claro, “estás trabajando, no puedes permitirte el lujo de faltar media hora para que te dé el aire” (ironía).

Y como las horas, pasan los días, las semanas, los meses… A las siete de la tarde de cada día estás que te subes por las paredes, necesitas contacto humano y lo buscas donde sea. Y lo malo es que te acostumbras a este ritmo de vida, a no salir apenas, a desenvolverte tú sólo, a permanecer callado durante horas y horas y horas… Y todo esto pasa factura. Vaya si la pasa. Habla con cualquier emprendedor que trabaje en estas condiciones, todos (y digo TODOS) coincidirán en lo mismo: no se puede vivir así de por vida.

Así que finalmente decides cambiar, y cuesta ¿eh? Trabajar en casa es muy jugoso, pero has de obligarte a cambiar tus hábitos. Sal, ve gente, queda con tus amigos, visita a tu madre, busca un lugar de trabajo, vé a la biblioteca, conoce bares nuevos, haz deporte. Lo que sea. LO QUE SEA. Pero sobretodo… VIVE.

Publicado en: Emprendedores
Cáete siete y levántate ocho: no te rindas nunca.
Refrán japonés